La Sangre que No Se Borra: Los Judíos Sefarditas que Fundaron el Noreste y el Legado que Vive en Nosotros
- José Calixto Salinas Pompa

- 3 days ago
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Hay una historia que no se enseña en las escuelas, que los abuelos contaban a medias sin saber del todo por qué, y que corre silenciosa en la sangre de miles de familias del noreste de Nuevo León. Es la historia de un pueblo que fue expulsado de España en 1492, que cruzó mares y desiertos huyendo de la hoguera, y que vino a plantar raíces — literalmente — en esta tierra seca y bravía que hoy llamamos hogar. Son los judíos sefarditas. Y si usted es de Cerralvo, de General Treviño, de Los Herreras, de Agualeguas o de cualquier municipio del noreste neoleonés, hay una probabilidad muy alta de que cargue un pedacito de ellos en su apellido, en su forma de hablar, en la higuera que tiene en el patio de su casa, y hasta en el cabrito que asa los domingos.
La colonización del noreste de México estuvo marcada desde el principio por la presencia sefardita. Todo comenzó con Luis de Carvajal y de la Cueva, el gobernador que recibió del rey de España la concesión para poblar el Nuevo Reino de León en la década de 1580. Los tres personajes fundadores de Monterrey — Alberto del Canto, Luis de Carvajal y de la Cueva, y Diego de Montemayor — fueron judíos conversos, y su presencia convirtió a la región en la más poblada por esta colectividad en todo el país. Eran conversos, sí — bautizados a la fuerza o por conveniencia para escapar de la Inquisición — pero en el fondo de sus casas, en voz baja, muchos seguían siendo lo que siempre habían sido. Cuando se fundó el Nuevo Reino de León, éste se limitaba a Monterrey, Monclova, Cerralvo y Saltillo, y las familias fundadoras formaban grupos de unas treinta personas en cada localidad. Cerralvo fue una de las primeras. Una de las más importantes. Y llegaron cargando siglos de cultura, tradición y una fe que el miedo les había obligado a esconder.
Luis de Carvajal "El Mozo", sobrino del gobernador, dejó manuscritos donde narra la persecución de su familia por ser judíos sefarditas, obligados a ocultar su religión y costumbres para escapar de la hoguera. No era un caso aislado. La Inquisición los perseguía, los procesaba, los quemaba. Muchos huyeron hacia las minas de San Gregorio, hoy Cerralvo, Nuevo León. Esta tierra lejana, árida, ignorada por las autoridades del centro, era perfecta para vivir en relativa paz. Lejos de la Ciudad de México. Lejos de la hoguera. Aquí podían rezar en secreto, guardar el sábado como podían, y criar a sus hijos con la memoria viva de quiénes eran.
Lo extraordinario es lo que dejaron. Porque aunque la Inquisición los fue aplastando y muchos perdieron toda conexión consciente con sus raíces, la influencia sefardí se ha mantenido viva en costumbres, tradiciones y aspectos de la vida diaria que, aunque a menudo han perdido su significado original, siguen presentes. Y aquí viene lo que va a sorprender a más de uno.

La higuera en el patio. Otra herencia de los judíos sefarditas es la siembra en los solares o patios de las casas — en casi todos los pueblos de Coahuila y Nuevo León se sembraba una higuera, un limón y un granado, o también la costumbre de sembrar junto a la puerta una planta de hierbabuena y en otro sitio una planta de sábila, la primera para la buena suerte y la segunda para ahuyentar los males. ¿Cuántas casas de Cerralvo y la región tienen higuera en el patio? Casi todas. Y nadie sabe ya exactamente por qué. Pero ahí está, igual que hace quinientos años.

El cabrito y la tortilla de harina. En la región norte del país, y particularmente en Nuevo León, hay mucho legado sefardita: se observan costumbres como plantar higueras en las casas, la crianza del cabrito y su consumo, así como las tortillas de harina. Los sefarditas venían de una tradición donde el cordero y el cabrito eran alimentos sagrados, centrales en sus festividades religiosas. Al llegar al noreste, encontraron una tierra ideal para criar cabras. La tradición se fusionó con el paisaje y nació lo que hoy es el platillo más representativo del noreste de México.

Las palabras. Y aquí viene lo más fascinante de todo. Cuando escuchamos hablar a alguien que dice "mesmamente", "ansina" o "naiden", pensamos que es ignorante o de rancho, cuando en realidad está hablando el español antiguo o ladino, una lengua que sobrevivió cinco siglos. El ladino — la lengua de los sefarditas — era el castellano del siglo XV mezclado con hebreo bíblico. Y ese castellano medieval quedó atrapado, congelado, en las bocas de las comunidades rurales del noreste que tuvieron poco contacto con la evolución del español moderno. "Mesmo" en vez de "mismo". "Ansina" en vez de "así". "Naiden" en vez de "nadie". "Pos" — contracción de "pues" — que usamos a cada rato. Palabras como "asina", que significa "así", son evidencia de identidades duales a lo largo de la frontera México-Estados Unidos; no es español "incorrecto" — es un dialecto que preserva elementos medievales de la misma manera que el ladino. No somos rancheros que hablan mal. Somos los últimos guardianes de un español que ya no existe en ningún otro lado del mundo.
Los sefarditas que llegaron con Carvajal eran gente muy unida, formaban clanes o grupos familiares de gran cohesión. De ahí ese orgullo tan norteño de la familia, del apellido, del rancho propio. De ahí esa tendencia a casarse entre conocidos, entre familias del mismo pueblo. De ahí el valor que le damos a la palabra empeñada y a la lealtad. No son solo costumbres. Son cinco siglos de una cultura que aprendió a sobrevivir cerrando filas.
La próxima vez que usted diga "mesmamente", que plante una higuera, que ase un cabrito, o que sienta ese orgullo inexplicable de ser del noreste — recuerde de dónde viene. Hay un pueblo que fue expulsado de España, perseguido en México, y que sin embargo sobrevivió en la tierra, en las palabras, y en el alma de esta gente bravía del noreste de Nuevo León. La sangre no miente, y el tiempo no borra lo que está bien sembrado.


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